
Deshizo el equipaje con rapidez y colocó sus plantas en el lavadero. Era evidente que la mujer del portero no había cumplido su promesa de regarlas con regularidad. Después de quitar las hojas muertas, se volvió hacia la correspondencia acumulada sobre la mesa del comedor. Rápidamente separó las cartas personales de las facturas y tiró las de publicidad. Sonrió con placer ante la hermosa letra de uno de los sobres y la dirección del remitente: Señorita Dora Samuels, salón de belleza «Cypress Point»
La carta era breve. Era la confirmación de que llamaría al ayudante del fiscal William Murphy después de su llegada el 29 de agosto para concertar una cita y revisar su testimonio.
El hecho de leer la historia en el diario y darle al taxista la dirección de Leila no la habían preparado para la sorpresa de esa nota oficial. Se le secó la boca y sintió que las paredes se le venían encima. Revivió las horas en que había prestado testimonio en las audiencias del gran jurado. Y cuando se desmayó en el estrado después de que le mostraron las fotografías del cuerpo de Leila. «Oh, Dios -pensó-, todo vuelve a comenzar…»
Sonó el teléfono. Apenas pudo susurrar un «diga».
– ¿Elizabeth? -resonó una voz-, ¿cómo estás? Estaba preocupada.
¡Era Min von Schreiber! ¡Nada más ni nada menos que ella! Elizabeth se sintió más cansada casi de inmediato. Min le había dado a Leila su primer trabajo como modelo y ahora estaba casada con un barón austríaco y era dueña del fastuoso «Cypress Point» en Pebble Beach, California. Era una vieja y querida amiga; sin embargo, esa noche Elizabeth no tenía deseos de hablar con nadie. Pero a ella no podía decirle que no.
