
Me mosqueo el tono que habia utilizado para saludarme. No hacia mucho habiamos tenido una discusion, y aquella chica no era de las que perdonan y olvidan. La verdad es que, desde entonces, cada vez que entro en clase o en mi despacho, espero que se me caiga encima un cubo de agua helada.
– Me debes pasta -le dije.
– No te debo nada -contesto ella, sin perder la sonrisa. Mas bien se le acentuo.
– Si que me debes. Me encargaste que averiguase la identidad del anonimo admirador que te enviaba poesias romanticas…
– ?No, senor!
No permiti que me cortara…
– … Creias que era El Guaperas, de segundo de BUP, y yo descubri que se trataba de El Plasta, de septimo. A ti te sento como una patada en el culo y decidiste no pagarme…
– No senor -insistio ella, horrorizada porque yo lo habia dicho todo a gritos, para que lo oyeran la Pili y Jorge Castell-. Yo te dije: «Averigua si esto lo ha escrito El Guaperas…» ?Y como no habia sido El Guaperas, no tengo por que pagarte!
?Como se puede razonar con una persona que llega impunemente a conclusiones de este tipo?
– Tienes que pagarme. Quinientas pelas. Precio especial.
– ?Precio especial? ?Pero si quedamos en trescientas!
– Precio especial para morosos. ?Tienes las quinientas o no?
– Ahora no.
– En ese caso, si no es para pagarme, ?a que has venido?
– Para hablar de negocios -adopto un aire interesante-. ?Tenemos que quedarnos aqui? ?No podemos ir a otro sitio?
Siempre he respetado el deseo de intimidad de mis clientes. Como sea que no podiamos pasar al despacho, donde Jorge Castell amortizaba sus quinientas pelas, le dije a Maria que salieramos. Atravesamos el bar de mis padres…
