
– Me quiere -me dijo la niña de catorce años.
– ¿Se lo has dicho a tu madre?
– Todavía no -hizo un gesto evasivo y me miró casi como una niña de catorce años, los que tenía-. He pensado que usted podría ayudarme a decírselo.
– Sí, claro -asentí.
He aprendido a no juzgar. Escucho. Me pongo en el lugar del otro. Cuando era residente, soltaba sermones. Miraba a los demás desde arriba y me dignaba hacer partícipes a mis pacientes de mis ideas sobre lo destructivo que sería para ellos una determinada conducta. Hasta que una tarde fría de Manhattan topé con una muchacha de diecisiete años, hastiada de la vida, que iba a tener un tercer hijo de un tercer padre y que, mirándome a los ojos, me soltó una indiscutible verdad:
– Usted no sabe nada de mi vida.
Fue algo que me dejó sin habla. Por eso, ahora escucho. Ya no hago el papel de hombre-blanco-y-bueno, gracias a lo cual soy mejor médico. Lo que quiero ahora es ofrecer a esa niña de catorce años y a su bebé los mejores cuidados posibles. No le diré que Terrell no seguirá a su lado, que el futuro es consecuencia del pasado ni tampoco que, si es como la mayoría de pacientes que tengo en esa zona, antes de cumplir los veinte años volverá a encontrarse por lo menos dos veces más en la misma situación.
Si uno piensa en ello, acaba volviéndose tarumba.
Estuvimos hablando un rato o, para decirlo con más exactitud, habló ella y yo escuché. La sala de reconocimiento, anexa a mi despacho, tenía las dimensiones aproximadas de una celda carcelaria (debo decir que es un dato que no conozco por experiencia propia) y estaba pintada de color verde institucional, como los lavabos de las escuelas primarias. De la parte trasera de la puerta colgaba una de esas cartas para calibrar la agudeza visual donde hay que señalar la dirección a la que apuntan las letras E. Una de las paredes estaba salpicada de calcomanías descoloridas con dibujos de Walt Disney y ocupaba la otra un póster gigantesco con una pirámide de alimentos.
