Mi paciente de catorce años estaba sentada en una mesa de reconocimiento, protegida con el papel sanitario de un rollo del que tirábamos para renovarlo después de cada paciente. Por alguna razón, la manera de desenrollar el papel me recordaba cómo envolvían los bocadillos del Carnegie Deli.

El radiador emanaba un calor sofocante, aunque era un artilugio imprescindible en un lugar donde era habitual que los niños tuvieran que desnudarse. Llevaba mi indumentaria habitual de pediatra: pantalón vaquero, zapatillas de deporte Chuck Taylor, camisa con cuello de botones y una brillante corbata «Salvad la Infancia» que delataba a gritos el año 1994. No llevaba bata blanca. En mi opinión, asusta a los niños.

La niña de catorce años -sí, éste es el límite de edad de mis pacientes- era, en realidad, una niña buena. Lo curioso del caso es que todas lo son. La envié a un ginecólogo conocido. Después, hablé con su madre. Un hecho que no tenía nada de nuevo ni tampoco nada de sorprendente. Como ya he dicho, tengo que hacerlo casi todos los días. Nos despedimos con un beso. Por encima del hombro de la niña, su madre y yo intercambiamos una mirada. Todos los días veo aproximadamente a veinticinco madres que me traen a sus hijos. Al cabo de la semana podría contar con los dedos de una mano las que están casadas.

Como he dicho antes, no juzgo. Sólo observo.

Cuando se fueron, garrapateé unas notas en el historial de la niña. Eché una ojeada a varias páginas atrás. La visitaba desde mis tiempos de residente, lo que significaba que había empezado a visitarla a los ocho años. Examiné su gráfica de crecimiento. Y la recordé a sus ocho años, pensé en el aspecto que tenía entonces. No había cambiado mucho. Al final cerré los ojos y los restregué.

Homer Simpson me interrumpió gritando:

– ¡Correo! ¡Hay correo! ¡Uh, uh!



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