
El día de nuestro aniversario, Elizabeth estuvo callada durante el trayecto en coche, pero no me pareció extraño porque ya de niña era propensa a impredecibles rachas de melancolía. De pronto se quedaba callada y se abandonaba a alguna profunda reflexión o a un insondable retraimiento. No llegué a saber nunca cuál era la situación. Supongo que formaba parte del misterio, aunque aquella vez fue la primera que sentí que entre los dos se abría un abismo. Nuestra relación había sobrevivido a muchas cosas pero hube de preguntarme si sobreviviría a la verdad. O dicho de otro modo, a las mentiras no manifestadas.
El aire acondicionado del coche ronroneaba en la posición azul de max. El día era caluroso, bochornoso, un día típico de agosto. Atravesamos la laguna de Delaware por el puente Milford y fuimos recibidos en Pensilvania por un amable cobrador de peaje. Pasados quince kilómetros, distinguí el poyo de piedra donde se leía: lago charmaine – particular. Allí me interné en el camino de tierra.
Los neumáticos se hundían en el suelo y proyectaban polvo como si de un caballo árabe desbocado se tratara. Elizabeth apagó la música del coche. Mirándola por el rabillo del ojo, habría asegurado que estudiaba mi perfil. Me pregunté qué veía y el corazón me latió con fuerza.
Dos ciervos ramoneaban unas hojas a nuestra derecha. Se detuvieron, nos miraron, comprobaron que no llevábamos malas intenciones y continuaron paciendo. Seguí avanzando hasta que de pronto el lago apareció ante nuestros ojos. El sol se debatía en una agonía de muerte y marcaba en el cielo una espiral anaranjada y purpúrea. Las copas de los árboles parecían estar ardiendo.
– Es increíble que todavía sigamos con esto -dije.
