
– Fuiste tú quien empezó.
– Sí, tenía doce años.
Elizabeth sonrió apenas. Raras veces sonreía, pero cuando lo hacía… ¡paf!, directo a mi corazón.
– Es romántico -insistió.
– Es una cursilada.
– Lo romántico me encanta.
– Te encantan las cursiladas.
– Te jode hacerlo.
– Bueno, entonces llámame señor Romántico -dije.
– ¡Venga, señor Romántico, que está haciéndose de noche! -se echó a reír y me cogió la mano.
El lago Charmaine. El nombre se lo puso mi abuelo, un nombre que ponía frenética a mi abuela. Habría querido que pusieran su nombre al lago. Se llamaba Bertha. El lago Bertha. Mi abuelo no quiso ni oír hablar del asunto. Dos puntos a favor de mi abuelo.
Cincuenta y tantos años atrás, el lago Charmaine fue asentamiento de un campamento de verano para niños ricos. Cuando el propietario estiró la pata, mi abuelo tuvo ocasión de comprar el lago y los campos de alrededor a precio de ganga. Arregló la casa del director del campamento y derribó la mayoría de edificios de la zona frontal del lago. Pero en el corazón del bosque, allí donde ya nadie se internaba, dejó abandonadas a la podredumbre las literas de los chicos. Mi hermana Linda y yo solíamos explorar y escudriñar las ruinas buscando tesoros, jugando al escondite, nos atrevíamos incluso a buscar al coco, convencidos de que nos acechaba y nos estaba esperando. Elizabeth rara vez se nos unía. Le gustaba saber dónde estaba todo. Esconderse la asustaba.
Cuando bajamos del coche, percibí enseguida a los fantasmas. Eran muchísimos, demasiados, se arremolinaban y pululaban a mi alrededor tratando de despertar mi atención. Mi padre había resultado vencedor. El lago seguía siendo tan sobrecogedor como siempre pero habría jurado que resonaba aún en el aire el grito de placer de mi padre saliendo del muelle raudo como una bala, las rodillas apretadas contra el pecho, una sonrisa loca en los labios, el inminente chapoteo levantando una ola virtual en los ojos de su único hijo. A mi padre le gustaba desembarcar cerca de la balsa donde mi madre tomaba sus baños de sol. Aunque ella lo reñía, no podía disimular una sonrisa.
