Al día siguiente estaba de regreso en Nueva York, a enfrentarse al juicio por el asesinato de un policía.

Se cruzó con una pareja de ancianos que le sonrió.

– Feliz Navidad -dijeron ambos.

Jimmy respondió con una amable inclinación de cabeza, y prestó atención a las palabras de la mujer:

– Ed, ¿cómo no has dejado los regalos para los niños en el maletero? En los tiempos que corren, ¿quién deja las cosas a la vista en un coche toda la noche?

Jimmy dobló en la esquina y se internó en las sombras, sobre el césped, mientras observaba cómo la pareja se detenía junto a un Toyota oscuro. El hombre abrió la portezuela y del asiento trasero sacó un caballito de balancín que tendió a la mujer y otra media docena de paquetes envueltos en papel de regalo. Con su ayuda, metió todo en el maletero, cerró el coche y regresó a la acera.

– Espero que el teléfono esté bien en la guantera-oyó Jimmy decir a la mujer.

– Por supuesto. Aunque para mí es una pérdida de dinero. Me muero por ver la expresión de Bobby cuando abra los paquetes mañana.

Luego volvieron la esquina y desaparecieron. Lo que significaba que desde su apartamento no verían que el coche había desaparecido.

Esperó diez minutos y se encaminó hacia el vehículo.

Unos copos de nieve se arremolinaban a su alrededor. Al cabo de dos minutos salía de allí conduciendo. Eran las cinco y cuarto. Se dirigió al apartamento de Cally, en la Diez y la B. Sabía que su hermana se sorprendería de verlo, y que no se alegraría de ello. Probablemente pensaba que él no sabía su dirección. ¿Acaso creía que él no tenía forma de seguirle la pista, incluso desde Riker's Island?, Se preguntó.

"Hermana mayor -pensó mientras conducía por la calle Catorce-, ¡prometiste a la abuela que cuidarías de mí!" "Jimmy necesita que lo orienten. Anda en malas compañías, y se deja arrastrar con mucha facilidad", había dicho la abuela. Sin embargo, Cally no había ido ni una vez a la cárcel a visitarlo. Ni una sola vez. El ni siquiera había tenido noticias de ella.



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