– ¿Se quedará usted aquí?

– Por supuesto.

– Michael, ¿tendrás los ojos bien abiertos por si ves a Brian?

– Claro, mamá, buscaré a ese gilipollas.

– No lo llames… Pero en aquel momento Catherine vio la expresión en los ojos de su hijo. "Trata de convencerme de que Brian esté bien, y él también."

Rodeó al chico con sus brazos y sintió el abrazo breve y reticente que éste le devolvía.

– Animo, mamá -dijo.

Jimmy Siddons maldijo en silencio mientras cruzaba el patio oval del bloque de apartamentos Stuyvesant Town, cerca de la avenida B. El uniforme que le había quitado al guardián de la cárcel le daba un aspecto respetable, pero resultaba demasiado peligroso llevarlo por la calle. Se las había arreglado para birlar un abrigo roñoso y un gorro de lana del carrito de un indigente. Ayudaban un poco, pero tenía que encontrar otra ropa, algo más decente.

También necesitaba un coche. Alguno que nadie echara de menos hasta la mañana siguiente; uno que estuviera aparcado por toda la noche, el típico coche de los residentes de clase media de Stuyvesant Town: tamaño mediano, marrón o negro, con la misma pinta que cualquier otro Honda, Toyota o Ford de la carretera. Nada elegante.

Aún no había encontrado el apropiado. Vio que un tipo salía de un Honda y decía a su acompañante:

– ¡Qué bien volver casa!

Pero era uno de esos bólidos de un rojo brillante que llamaban la atención.

Un chico joven pasó en un trasto viejo y aparcó a unos metros. Por el ruido del motor, Jimmy no iría ni hasta la esquina en aquello. Sólo le faltaba estar en la autopista y tener una avería, pensó.

Hacía frío y empezó a sentir hambre. Diez horas en coche, se dijo, y llegaría a Canadá, donde Paige se reuniría con él y los dos desaparecerían de nuevo. Era la primera novia de verdad que tenía, y lo había ayudado mucho en Detroit. Jimmy sabía que el anterior verano no lo habrían pillado si hubiese estudiado a fondo aquella gasolinera. Tendría que haber inspeccionado mejor el lugar y darse cuenta de que había un lavabo al lado de la oficina, en lugar de dejarse sorprender por un poli fuera de servicio cuando apuntaba al empleado.



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