
– Eso no tiene por qué suceder, pensó Catherine. Ojalá pudiera volver atrás y eliminar aquellos últimos diez días. Lo deseaba de todo corazón, empezando por el momento terrible en que había recibido aquella llamada del hospital de St. Mary.
– Catherine, ¿puedes venir de inmediato? Tom se ha desmayado mientras hacía la guardia. Lo primero que pensó fue que debía de tratarse de un error.
Los hombres delgados, atléticos, de treinta ocho años, no se desmayan. Y Tom siempre bromeaba con aquello de que los pediatras, por derecho propio, eran inmunes a todos los virus y gérmenes que llegaban con sus pacientes. Pero Tom no estaba inmunizado contra la leucemia, que exigía la inmediata extirpación del inflamado bazo. En el hospital habían dicho a Catherine que seguramente Tom debía de tener síntomas desde hacía meses, pero que no había hecho caso de ellos.
– Y yo, tan estúpida, ni siquiera lo noté pensó mientras intentaba evitar que le temblaran los labios. Miró por la ventanilla y vio que pasaban por delante del hotel Plaza, donde, once años atrás, cuando ella tenía veintitrés, habían celebrado la boda.
"Se supone que las novias se ponen nerviosas -pensó-, pero yo no lo estaba. Casi llegué corriendo al altar."
Diez días más tarde festejaban la Navidad en Omaha, donde Tom había aceptado un puesto en la prestigiosa sala de pediatría del hospital local.
"Compramos de liquidación ese absurdo árbol artificial", pensó mientras, recordaba cómo Tom lo había levantado para decir:
"Atención, clientes de Kmart…". El árbol que ese año habían escogido con tanto interés se hallaba en el garaje, con las ramas atadas, porque habían decidido ir a Nueva York para la operación.
