
Spence Crowley, el mejor amigo de Tom, se había convertido en un famoso cirujano del Sloan-Kettering. Catherine se estremeció al recordar lo alterada que estaba cuando al fin le permitieron ver a Tom. El taxi se acercó al bordillo.
– ¿Aquí le va bien, señora?
– Sí, perfecto -respondió Catherine obligándose a parecer alegre mientras sacaba el billetero y se dirigía a sus hijos-: Papá y yo os trajimos aquí la Nochebuena de hace cinco años. Ya sé que eras muy pequeño, Brian; pero Michael se acuerda, ¿verdad?
– Sí -respondió éste con tono seco mientras miraba cómo Catherine sacaba cinco dólares de un fajo de billetes-. ¿Por qué llevas tanto dinero, mamá?
– Ayer, cuando ingresaron a papá en el hospital, me dieron su cartera con todo lo que llevaba. Lo dejaré en casa de la abuela cuando volvamos. Catherine bajó detrás de Michael y sostuvo la portezuela abierta para que Brian saliera. Estaban delante de Saks, cerca de la esquina de la calle Cuarenta y nueve con la Quinta Avenida. Una ordenada fila de espectadores esperaba paciente para ver de cerca el escaparate de Navidad.
Catherine llevó a sus hijos al final de la cola. -Primero miraremos los escaparates; después cruzaremos la calle para ver mejor el árbol de Navidad. Brian suspiró con fuerza.
¡Menudas fiestas! Detestaba hacer cola, para todo, y decidió jugar a su juego de siempre cuando quería que el tiempo pasara deprisa: fingir que había llegado ya al lugar donde quería ir; y esa noche era la habitación de su padre en el hospital. Estaba deseando ver a su padre para darle el regalo que lo curaría, según le había dicho la abuela. Brian tenía tantas ganas de acelerar el paso del tiempo, que cuando le llegó el turno de acercarse a los escaparates, avanzó con paso rápido y casi no prestó atención a las escenas con la nieve arremolinándose sobre los muñecos, los elfos y los animales que bailaban y cantaban. Se alegró cuando al fin abandonaron la cola.
Después, cuando se encaminaban hacia la esquina para cruzar la avenida, vio que un hombre se disponía a tocar el violín mientras un grupo de gente lo rodeaba. De pronto, el aire se llenó con las notas del villancico Noche de paz y la gente empezó a cantar. Catherine, cerca del bordillo, se volvió.
