– Quedémonos un momento a escuchar- dijo a los niños.

Brian oyó la voz ahogada en la garganta de su madre y supo que se esforzaba por contener el llanto. Casi nunca la había visto llorar hasta aquella mañana de la anterior semana cuando alguien llamó desde el hospital para decirles que papá estaba muy enfermo.

Cally caminó despacio por la Quinta Avenida. Eran poco más de las cinco y estaba rodeada de los compradores de última hora, los brazos llenos de paquetes.

En otra época, también ella hubiera compartido todo aquel entusiasmo, pero lo único que sentía ese día era un cansancio doloroso. Todo había resultado muy duro en el trabajo. La gente quería pasar las Navidades en casa, por eso muchos pacientes del hospital estaban deprimidos o fastidiosos. Sus desolados rostros le recordaban vívidamente su propia depresión de las dos últimas Navidades pasadas en la cárcel de mujeres de Bedford.

Delante de la catedral de San Patricio vaciló un instante mientras recordaba a su abuela llevándoles, a ella y a su hermano Jimmy, a ver el belén. Pero de eso hacía veinte años ya, cuando ella tenía diez y él seis. Sintió un deseo fugaz: volver a aquella época, cambiar las cosas, impedir que sucediera todo lo malo, evitar que Jimmy se convirtiera en lo que era.

El simple hecho de recordar su nombre bastó para que temblores de miedo le recorrieran todo el cuerpo. ¡Dios mío, haz que me deje tranquila!, rogó.

Esa mañana, con Gigi agarrada a ella, había atendido a los enfadados golpes a su puerta del detective Shore y de otro policía que se presentó como el detective Levy. Los dos estaban en el mugriento pasillo del edificio en que vivía, en la calle Diez Este y la avenida B.



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