
¡Dios mío, que detengan a Jimmy antes de que haga daño a nadie -rogó-. Hay algo que no funciona bien en su cabeza, que nunca le ha funcionado!
Delante de ella, un coro cantaba Noche de paz. Pero mientras se aproximaba, se dio cuenta de que no eran cantantes de villancicos, sino un grupo de personas rodeando a un violinista callejero que tocaba villancicos.
…Noche de paz. Noche de amor… Brian no se unió a las voces, aunque Noche de paz era su canción favorita en el coro de niños de la iglesia de Omaha. Ojalá se encontraran allí, y no en Nueva York, y estuvieran a punto de adornar el árbol de Navidad en su sala de estar, y todo fuera como había sido siempre.
Nueva York le gustaba, y siempre esperaba el verano para visitar a su abuela. Se divertía. Pero esa visita no le agradaba. Y menos en Nochebuena, con su padre en el hospital, su madre terriblemente triste y su hermano mandoneándole, aunque sólo tenía tres años más que él.
Brian se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta. Las tenía frías pese a que llevaba los mitones. Miró con impaciencia el gigantesco árbol de Navidad, al otro lado de la pista de patinaje. Sabía que al cabo de un instante su madre diría: "Muy bien, ahora vayamos a echar un buen vistazo al árbol".
Era muy alto, con luces brillantes y una enorme estrella en la punta. Pero a Brian no le importaba ya el árbol, ni los escaparates que acababan de ver. Tampoco quería escuchar al individuo aquel que tocaba el violín, y no tenía ganas de quedarse mucho rato allí.
Estaban perdiendo el tiempo. Quería llegar pronto al hospital y ver cómo mamá le daba a papá aquella gran medalla de San Cristóbal que había salvado la vida al abuelo cuando era soldado en la Segunda Guerra Mundial. Su abuelo la había usado durante toda la guerra, y hasta tenía la marca dejada por una bala.
