La abuela había pedido a mamá que se la diera a papá. Su madre, a pesar de que casi se había reído, prometió hacerlo.

– Vamos, mamá, Cristóbal era sólo un mito. Ya ni siquiera lo consideran un santo, y a quienes únicamente ayuda es a los que venden esas medallas que la gente pone en los salpicaderos -dijo su madre.

– Catherine -replicó la abuela-, tu padre creía que la medalla lo había ayudado a salir de algunas batallas terribles, y eso es lo que cuenta. El creía en eso, y yo también. Por favor, dásela a Tom y ten fe.

Brian estaba impaciente. Si la abuela creía que su papá se pondría bien con la medalla, entonces su mamá tenía que dársela. Estaba seguro de que la abuela tenía razón.

…a un infante de faz celestial. El violín dejó de sonar, y la mujer que había dirigido el improvisado coro pasó una cestita. Brian miró mientras la gente depositaba monedas y billetes dentro.

Su madre sacó el monedero del bolso y cogió dos billetes de un dólar.

– Brian, Michael, echad esto en la cesta. Michael cogió el billete y trató de abrirse paso entre la gente. Brian, que empezaba a seguirlo, se dio cuenta de que su madre no había metido de nuevo el monedero en el bolso que llevaba colgado al hombro, y lo vio caído en el suelo. Se volvió para recogerlo, pero antes de que lo consiguiera, una mano se le adelantó. La mano pertenecía a una mujer con una larga coleta y una gabardina oscura.

– ¡Mamá! -gritó ansioso, pero todo el mundo había reanudado los villancicos y su madre no lo oyó. La mujer que había cogido el monedero se escurrió entre la multitud. Brian, instintivamente, comenzó a seguirla, temeroso de perderla de vista. Se volvió de nuevo para llamar a su madre, pero ésta seguía cantando con los demás… y los ángeles velando están…



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