
Una lancha se hizo a la mar desde el muelle de hidroaviones de la Imperial Airways, situado en Hyte, al otro lado del estuario, y realizó varias pasadas por la zona del amaraje, buscando escombros flotantes. Un murmullo de impaciencia se elevó de la multitud: el avión se estaría acercando.
El primero en divisarlo fue un niño que llevaba unas botas nuevas grandes. No tenía prismáticos, pero su vista de once años era mejor que las lentes.
– ¡Ya viene! -chilló-. ¡Ya viene el clipper!
Señaló al suroeste. Todo el mundo le imitó. Al principio, Luther sólo vio una forma vaga que podría haber pertenecido a un pájaro, pero su silueta no tardó en definirse, y un rumor de excitación se propagó entre la muchedumbre, a medida que la gente se comunicaba que el niño tenía razón.
Todo el mundo lo llamaba el clipper, pero técnicamente era un Boeing B313. Pan American había encargado a la Boeing que construyera un avión capaz de transportar pasajeros de una a otra orilla del Atlántico con todo lujo, y éste era el resultado: un palacio aéreo enorme, majestuoso, increíblemente potente.
