La compañía aérea había recibido seis y ordenado otros seis. Eran iguales en comodidad y elegancia a los fabulosos transatlánticos atracados en Southampton, pero los barcos tardaban cuatro o cinco días en atravesar el Atlántico, mientras el clipper podía realizar el viaje en un plazo de veinticinco a treinta horas.

Parece una ballena con alas, pensó Luther mientras el avión se aproximaba. Tenía un gran morro romo, como el de una ballena, un armazón inmenso y una parte posterior terminada en punta que culminaba en altas aletas de cola gemelas. Debajo de las alas había un par de plataformas, llamadas hidroestabilizadores, que servían para estabilizar el avión cuando se posaba en el agua. El borde de la quilla era afiladísimo, como el casco de una lancha rápida.

Luther no tardó en distinguir las grandes ventanillas rectangulares, alineadas en dos filas irregulares, que señalaban las cubiertas superior e inferior. Había llegado a Inglaterra en el clipper justo una semana antes, de modo que ya conocía su distribución. La cubierta superior albergaba la cabina de vuelo y el depósito de equipajes; la inferior era la cubierta de pasajeros. En lugar de hileras de asientos, la cubierta de pasajeros contaba con una serie de salones provistos de sofáscama. El salón principal se transformaba en comedor cuando llegaba el momento, y los sofás se convertían en camas por las noches.

Todo estaba pensado para aislar a los pasajeros del mundo y del clima exterior. Había espesas alfombras, luces suaves, tejidos de terciopelo, colores sedantes y mullidos tapizados. El potente amortiguador de ruidos reducía el rugido de los motores a un zumbido lejano y tranquilizador. El capitán era autoritario y sereno al mismo tiempo, la tripulación, pulcra y elegante con sus uniformes de la Pan American, las azafatas, atentas y serviciales. Todas las necesidades estaban cubiertas; había comida y bebida constantes; todo lo solicitado aparecía como por arte de magia, justo en el momento preciso, camas provistas de cortinas a la hora de dormir, fresas en el desayuno. El mundo exterior empezaba a parecer irreal, como una película proyectada sobre las ventanillas, y el interior del avión adoptaba la apariencia de todo el universo.



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