
Elizabeth se parecía a papá. Tenía el cabello oscuro y facciones irregulares. Margaret había heredado los colores de su madre; habría cambiado la corbata de seda de papá por una bufanda. Percy cambiaba a tal velocidad que nadie sabía a quién acabaría pareciéndose. Caminaron por el largo sendero hasta el pueblecito que se extendía al otro lado de las puertas. Papá era el dueño de casi todas las casas y de todos los terrenos de cultivo en kilómetros a la redonda. No había hecho nada para reunir tamaña riqueza: una serie de matrimonios celebrados a principios del siglo diecinueve había unido a las tres familias de terratenientes más importantes del condado, y la enorme propiedad resultante había pasado intacta de generación en generación.
Recorrieron la calle del pueblo, cruzaron el jardín y llegaron a la iglesia de piedra gris. Entraron en procesión: primero, mamá y papá; detrás, Margaret y Elizabeth; Percy cerraba la comitiva. Los aldeanos se llevaron la mano a la frente, mientras los Oxenford avanzaban por el pasillo hacia el banco de la familia. Los granjeros más acaudalados, todos los cuales pagaban un alquiler a papá, inclinaron la cabeza en señal de cortesía; y la clase media, el doctor Rowan; el coronel Smythe y sir Alfred, saludaron respetuosamente con un movimiento de cabeza. Este ridículo ritual feudal exasperaba y turbaba a Margaret cada vez que ocurría. En teoría, todos los hombres eran iguales ante Dios, ¿verdad? «¡Mi padre no es mejor que cualquier que ustedes, pero sí mucho peor que la mayoría!», deseaba gritar. Algún día reuniría el valor. Si hacía una escena en la iglesia, quizá no tendría que volver jamás. Pero la posible reacción de papá la asustaba demasiado.
– Llevas una corbata muy bonita, papá -dijo Percy, con un susurro estruendoso, cuando entraban en su banco, seguidos por las miradas de todos los presentes.
