
A pesar de sí mismo, de repente se puso a observarla. Tenía una piel bonita, eso o iba muy bien maquillada. Probablemente sería lo último, decidió David. Aquellas pestañas eran demasiado largas, oscuras y espesas para ser naturales, sobre todo si se las comparaba con el color dorado del cabello. Y veía perfectamente la marca de lápiz de ojos.
De repente le vino a la mente una imagen de Alix en el espejo de su cuarto de baño, la boca apretada para concentrarse, sujetándose el párpado con una mano para que no se moviera, mientras que con la otra dibujaba una línea por encima de las pestañas. David no estaba preparado para ese tipo de imágenes, todavía dolorosas. Alix le había enseñado una lección importante y todavía era cauteloso con las mujeres que se le parecían.
Mujeres con el aspecto de Claudia.
Seguro que trabajaba en marketing, o quizá en prensa o televisión. Algo que le diera la oportunidad de besar a gente rica, o ir por ahí con una tarjeta en la solapa que la hiciera sentirse importante. Iría a fiestas y tendría un trabajo agotador, aunque se pasara la mayor parte del tiempo hablando por teléfono para conseguir una cita.
David sonrió para sí mismo. Claro que había conocido a chicas como Claudia y, desde luego, no había peligro de sentirse impresionado lo más mínimo.
El avión había girado, se había detenido un momento al final de la pista y se había lanzado a toda velocidad, para despegar en el último momento. Claudia contuvo aire y se concentró en la respiración. David Stirling iba a quedarse con las ganas de enterarse de que tenía miedo. ¡Ella no iba a darle la satisfacción de comportarse como una histérica!
Pero aún así, fue un alivio escuchar la señal de que los letreros de “No fumar” se apagaban y que el avión tomaba altura. Se giró hacia David y lo encontró leyendo su informe. No iba a dejar que se concentrara en su trabajo, ¿verdad?
