
Por un momento, Claudia consideró la idea de pedir a la azafata que le cambiara el asiento, pero parecía que el avión iba bastante lleno y estaba segura de que el hombre sabía el número que había impreso en su tarjeta. Si se daba cuenta de que ella quería cambiarse, pensaría que le daba vergüenza sentarse a su lado y Claudia no tenía intención de darle aquella satisfacción.
De todas maneras, ¿por qué iba a dejarse intimidar por él? Aquel hombre parecía un ejecutivo sin ningún encanto y sin sentido del humor. Lo que tenía que hacer era simplemente ignorarlo.
La muchacha se sujetó más firmemente la bolsa sobre el hombro y miró el número. No se había equivocado, el asiento de al lado del hombre era el 12B. Justo cuando iba a pasar, en completo silencio, el hombre sacó unos documentos y enterró la cabeza en ellos. ¡Desde luego, no podía haber dejado más claro que pensaba ignorarla!
Los labios de Claudia formaron una línea apretada. Había algo en aquel hombre que la inquietaba. ¡Además, era ella quien quería ignorarlo! Pero no, pensó enseguida, sería mucho más divertido molestarlo. Después de dos horas y media de conversación frívola y superficial, el hombre iba a lamentar haber abierto la boca en Heathrow.
La idea hizo que los labios de Claudia se curvaran en una sonrisa de satisfacción. Después de todo, quizá disfrutara de aquel vuelo.
– ¡Hola otra vez! -dijo alegremente, sentándose al lado del hombre.
David, desconfiando de aquella sonrisa, hizo un gesto brusco con la cabeza y dijo algo entre dientes, antes de concentrarse de nuevo en la lectura. ¿Cómo podía ser tan descarada?
– ¡Vaya coincidencia que nos toque juntos! -continuó la muchacha, con voz animada-. No me di cuenta que también iba a Telama'an.
Claudia se inclinó hacia delante para colocar el bolso bajo el asiento y David fue consciente del perfume que emanaba su pelo rubio.
– ¿Por qué iba a saberlo? -respondió el hombre irritado, con la vista fija en el informe.
