
Pero Claudia, encantada al ver que la barbilla del hombre se tensaba más por la irritación, se negó a darse por aludida.
– Creí que se quedaría en Dubai -replicó-. Ya sabe, es divertido imaginar los destinos de los compañeros de viaje.
– No -dijo él.
Ella fingió ignorarlo.
– Sencillamente no le imaginaba en un lugar como Shofrar -declaró, recostándose en el asiento y mirándolo provocativamente.
– ¿Y por qué no? -replicó, a pesar de que seguía sin querer hablar con ella.
– Bueno, Shofrar parece un lugar tan excitante… – dijo la muchacha, felicitándose a sí misma por su estrategia, más divertida que un silencio incómodo y frío.
– ¿Por qué no dice abiertamente que piensa que soy una persona demasiado aburrida para ir allí?
– ¡Oh! No quería decir eso -exclamó, abriendo mucho los ojos.
David cometió el error de mirar dentro de aquellos ojos y descubrió que eran enormes y de un color extraño entre el azul y el gris.
– Es sólo que Shofrar parece muy primitivo y subdesarrollado, un lugar romántico -replicó. El hombre consiguió apartar la vista-. Cuando lo vi en Heathrow, pensé que parecía demasiado convencional para el país -Claudia en ese momento se tapó la boca con la mano, como si hubiera dicho algo sin pensar-. ¡Oh, cielos! Creo que he sido un poco grosera, ¿no? No era mi intención -mintió-. Diré mejor que parecía una persona estabilizada y de confianza. Usted parece el tipo de hombre que nunca daría a su esposa un motivo de preocupación y que siempre que fuera a llegar tarde la llamaría.
David se sintió irrazonablemente molesto por aquellas virtudes. Estabilidad y confianza siempre fueron cualidades para él valiosas, pero en boca de aquella mujer sonaban a aburridas y estúpidas.
– No tengo esposa. Y puede que le interese saber que he viajado muchas veces a Shofrar, seguramente mucho más que usted. Le diré más: no es un lugar romántico, es duro.
