Y la verdad es que ella pensaba fingir que nunca había sucedido… hasta que se metió a aquel avión enano y se dio cuenta de que iba a pasarse dos horas y media al lado de él. Era lo normal con el año de mala suerte que llevaba. Parecía que el último año de la década de los veinte iba a ser hasta el último día desgraciado, pensó con resignación. ¿Se levantaría al día siguiente y descubriría que los treinta iban a ser totalmente diferentes?

Dio un suspiro y miró al hombre con un inevitable resentimiento. En vez de conocer a alguien joven y atractivo en el viaje, se tropezaba con un estúpido de edad mediana. Por lo menos debía de tener cuarenta años, decidió Claudia. Para ella los cuarenta habían sido siempre una edad incierta de la mitad de la vida, aunque al día siguiente la diferencia de ambos se reduciría a diez años.

No parecía estar a punto de comenzar a cobrar su pensión, pensó Claudia, estudiándolo más detenidamente. Había en él solidez, además de un aire seguro y equilibrado, como si hubiera aprendido a conocerse y estuviera en paz consigo mismo. Era una pena que su expresión fuera tan arrogante. Sería verdaderamente atractivo si sonriera.

Lo observó cuidadosamente, preguntándose cómo respondería a un intento de seducción, pero cuando sus ojos llegaron a la boca de él, decidió no intentarlo. Había algo en su aparente decisión, o en la manera en que estaba sentado leyendo aquel informe lleno de gráficos y cifras, que hacía casi imposible la seducción.

Pero a ella siempre le habían gustado los retos, ¿no era cierto?

Claudia sacó las instrucciones de vuelo que tenía frente a su asiento, y simuló leerlas mientras pensaba cuidadosamente su estrategia. No tenía muchas esperanzas de conseguir que se riera, pero sería divertido conseguir la mayor información posible sobre su persona. ¡Si pensaba que iba a ser capaz de ignorarla durante dos horas y media, estaba muy confundido!



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