Con un suspiro, el hombre dejó sus papeles en el asiento de al lado y se inclinó para alcanzar el sujetador que había quedado sobre uno de sus pies. Lo agarró con la punta de los dedos y miró a Claudia.

– Sin duda lo necesitará -dijo.

La muchacha lo agarró rápidamente.

– Lo siento -murmuró.

Luego, arrodillándose, comenzó a meter desesperadamente todo en el bolso, pero la humillación la hacía comportarse torpemente y, al terminar, la mitad del contenido volvió a caérsele. Para empeorar las cosas, en lugar de cambiarse de sitio, el hombre se inclinó para ayudarla, alcanzándola sus cosméticos y sus objetos de valor sentimental sin hacer ningún comentario, cosa que era mucho más humillante que cualquier sarcasmo.

– Pasajeros del vuelo GP920 hacia Dubai y Menesset listos para embarcar -dijo un altavoz, para alivio de Claudia.

– Por favor, no se moleste -aconsejó, con los dientes apretados cuando el hombre miró hacia la pantalla-. Vaya usted, yo recogeré todo.

El hombre se levantó, metió los papeles en su maletín con una tranquilidad insultante, comparada con la prisa de ella por llenar la bolsa y sacó su tarjeta de embarque del bolsillo de la chaqueta. Viajaba en primera clase, notó Claudia con amargura. El hombre hizo un gesto de despedida y se dirigió hacia la puerta de embarque, aunque antes se detuvo para recoger una barra de labios que había rodado por el suelo.

– Noches de pasión -leyó, mientras se lo daba a Claudia-. No querrá perderlo, ¿verdad? Uno nunca sabe cuándo puede necesitarlo.

Y con aquel final sarcástico se marchó, dejando a Claudia arrodillada en el suelo.

Por lo menos iba en primera clase, se dijo para darse confianza a sí misma, así que no había peligro de sentarse a su lado. Además, seguro que se quedaría en Dubai. Con eso Claudia respiró hondo, pensando en que nunca más pondría los ojos sobre aquel hombre que había visto su torpeza.



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