
Tal vez el de la científica hubiera asistido también a ese tipo de reuniones, porque asintió despacio con la cabeza y dio media vuelta para proseguir su trabajo. Rebus y Siobhan intercambiaron otra mirada, y él se metió la mano en el bolsillo para sacar el tabaco.
– No pise el terreno, por favor -comentó otro del equipo científico.
Rebus se retiró hacia el aparcamiento. Estaba encendiendo el pitillo cuando llegó otro coche. «Cuantos más, más divertido», dijo para sus adentros mirando al inspector jefe Macrae bajar de un salto. Llevaba traje nuevo, corbata nueva y camisa blanca impecable. Tenía pelo canoso escaso, cara fofa y nariz bulbosa con venillas rojas.
«Teniendo mi misma edad, ¿por qué parece más viejo?», pensó Rebus.
– Buenas tardes, señor -dijo.
– Creí que estaba en un funeral -comentó Macrae en tono de reproche como si Rebus se hubiera inventado lo del fallecimiento para tener el viernes libre.
– La sargento Clarke interrumpió la ceremonia -respondió Rebus- y yo he venido voluntariamente -añadió en un tono como de sacrificio, que ejerció su efecto, porque Macrae relajó un tanto la tensión de la mandíbula.
«Tengo buena racha -pensó Rebus-. Primero el de la científica y ahora el jefe.» En realidad, Macrae se había portado bien y en cuanto llegó la noticia de la muerte de Mickey le había dado luz verde diciéndole que se tomase un día libre, añadiendo que «se fuera a la mierda» -la manera escocesa de tratar las defunciones-, y Rebus no se hizo rogar. Se vio en una parte de la ciudad que no conocía, adonde había llegado sin saber cómo, y entró en una farmacia a que le orientaran: estaba en Colinton Village. En agradecimiento compró aspirinas.
– Lo siento, John -dijo Macrae con un profundo suspiro-. ¿Qué tal ha ido? -añadió haciéndose el preocupado.
