
Macrae estalló al cabo de unos segundos. Se dirigió a zancadas hacia el desconocido y le preguntó quién era.
– Soy del SOI2, ¿quién demonios es usted? -replicó el hombre en tono mesurado.
Tal vez no había asistido a las reuniones sobre colaboración amistosa. Tenía acento inglés, advirtió Rebus. Era lógico. El SOI2 era un departamento especial con sede en Londres. Puerta con puerta con el de los espías.
– Vamos a ver -prosiguió, sin dejar de simular que estaba leyendo el cartel-, yo sé quién es usted. Es de Homicidios. Y esas furgonetas son de la científica, y en ese claro hay unos hombres con mono blanco protector efectuando un minucioso examen de los árboles y el suelo. -Se volvió finalmente hacia Macrae, se llevó la mano a la cara y se quitó las gafas de sol-. ¿Voy bien?
Macrae había enrojecido de furor. Durante toda la jornada le habían tratado con la deferencia que merecía y ahora, aquello.
– ¿Me permite ver su tarjeta de identidad? -espetó.
El hombre le miró fijamente y esbozó una sonrisa torcida como diciendo: «¿Eso es cuanto tiene que decir?». Mientras metía la mano en el bolsillo interior sin molestarse en desabrocharse la chaqueta, desvió la mirada de Macrae hacia Rebus sin dejar de sonreír, como invitándole a que captara el mensaje, y esgrimió una cartera de cuero negra, que abrió para que Macrae la viera.
– Ahí tiene -dijo cerrándola de golpe-. Ahora ya sabe cuanto tiene que saber de mí.
– Es usted Steelforth -dijo Macrae con un carraspeo. Derrotado, se volvió hacia Rebus-. El comandante Steelforth está al mando de la seguridad del G-8 -dijo. Pero Rebus ya se lo había imaginado. Macrae se volvió hacia Steelforth-. Estuve esta mañana en Glenrothes invitado por el subdirector Finnigan. Y, ayer en Gleneagles… -añadió, dejando la frase en el aire al ver que Steelforth se apartaba y se acercaba a Rebus.
