– No interrumpiré su tasa de colesterol, ¿verdad? -inquirió mirando el panecillo.

Rebus lanzó el eructo que creyó adecuado a la pregunta, y Steelforth le miró con ojos como ranuras.

– No todos podemos permitirnos un almuerzo a costa del contribuyente -replicó Rebus-. Por cierto, ¿qué tal se come en Gleneagles?

– No creo que tenga oportunidad de comprobarlo, sargento.

– No se equivoca, señor, pero su vista le engaña.

– Le presento al inspector Rebus -terció Macrae-. Yo soy el inspector jefe Macrae de Lothian y Borders.

– ¿De qué comisaría? -preguntó Steelforth.

– De Gayfield Square -contestó Macrae.

– De Edimburgo -añadió Rebus.

– Están muy lejos de su demarcación, caballeros -comentó Steelforth echando a andar por la senda.

– Mataron a un hombre en Edimburgo -dijo Rebus- y en la fuente se ha encontrado ropa suya.

– ¿Sabemos por qué?

– Voy a tratar de seguir la pista, comandante -añadió Macrae-. Cuando terminen los de la científica intervendremos de inmediato.

Iba pisando los talones a Steelforth y Rebus le seguía a la zaga.

– ¿No entra en el programa que algún presidente o primer ministro venga a hacer una ofrenda? -dijo Rebus.

Steelforth, en lugar de replicar, entró en el claro, pero el encargado del equipo de la científica le detuvo poniéndole la mano en el pecho.

– Ya está bien de pisotearlo todo -dijo con un gruñido.

– ¿Sabe quién soy? -replicó Steelforth mirando enfurecido aquella mano.

– Me importa un huevo, amigo. Si me deshace el escenario del crimen, aténgase a las consecuencias.

El del Departamento Especial se lo pensó un instante, pero finalmente retrocedió unos pasos hasta el borde del claro, mirando satisfecho lo que hacían. Sonó su móvil y contestó, apartándose de ellos para que no lo oyeran. Siobhan hizo un gesto inquisitivo y Rebus articuló sin voz «después» y sacó del bolsillo un billete de diez libras.



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