– Tenga -dijo dándoselo al del equipo científico.

– ¿Esto por qué?

Rebus hizo un guiño y el hombre se guardó el dinero, con un discreto «gracias».

– Siempre doy propina por servicios más allá del deber -comentó Rebus a Macrae.

Éste asintió con la cabeza, metió la mano en el bolsillo y le dio un billete de cinco libras.

– Vamos a medias -dijo el inspector jefe.

Steelforth volvió del claro.

– Asuntos más importantes me reclaman. ¿Cuándo habrán terminado aquí?

– Dentro de media hora -contestó uno de los del equipo científico.

– O más si es necesario -añadió la bestia negra de Steelforth-. El escenario del crimen es el escenario del crimen, al margen de cualquier otra consideración.

Igual que Rebus momentos antes, había comprendido enseguida el papel de Steelforth.

El del Departamento Especial se volvió hacia Macrae.

– Informaré al subdirector Finnigan y le diré que cuento con su plena colaboración y aquiescencia, ¿le parece?

– Lo que usted crea, señor.

Steelforth ablandó un tanto la expresión de su rostro y dio un codazo a Macrae.

– Me atrevería a decir que no ha visto todo lo que hay que ver. Pásese por Gleneagles cuando haya acabado aquí y yo le brindaré un recorrido «de verdad».

Macrae se derritió de gusto, como un crío el día de Navidad, pero recobró la compostura y se puso firme.

– Gracias, mi comandante.

– David para usted.

Agachado, como si estuviera buscando pruebas, a cierta distancia detrás de Steelforth, el encargado del equipo de la científica hizo un gesto exagerado metiéndose un dedo en la boca como si se atragantara.



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