
En aquella época estaban muy unidos, y él le escribía cartas y postales; su padre se sentía orgulloso de él, orgulloso de los chicos.
«El vivo retrato de vuestra mamá.»
Salió fuera. Llevaba ya en la mano la cajetilla abierta. Había más gente fumando. Le dirigieron inclinaciones de cabeza, cambiando el peso del cuerpo de una pierna a otra. Ahora las coronas y las tarjetas estaban en fila junto a la puerta y la concurrencia las miraba. Se oirían las palabras de rigor «pésame», «pérdida» y «dolor», «os acompañamos en el sentimiento», a la familia. No se pronunciaría el nombre de Michael. La muerte tiene su protocolo. Los más jóvenes comprobaban si tenían mensajes en el móvil. Rebus sacó el suyo del bolsillo y lo encendió. Cinco llamadas, todas del mismo número. Se lo sabía de memoria; pulsó los botones y se acercó el aparato al oído. La sargento Siobhan Clarke contestó de inmediato.
– Te he estado llamando toda la mañana -dijo dolida.
– Lo tenía apagado.
– Bueno, pero ¿dónde estás?
– Sigo en Kirkcaldy.
Se oyó un hondo suspiro.
– Hostia, John, lo había olvidado totalmente.
– No te preocupes.
Vio a Kenny abrir la puerta del coche a Chrissie. Lesley le hizo seña de que iban al hotel. El coche era un BMW, pues a Kenny le iba muy bien como ingeniero mecánico. No estaba casado; tenía novia, pero ella no había podido asistir al funeral. Lesley estaba divorciada y sus hijos, chico y chica, de vacaciones con el padre. Rebus asintió con la cabeza y ella subió al asiento de atrás.
– Pensé que era la semana que viene -dijo Siobhan.
– O sea que llamabas para regodearte -replicó Rebus echando a andar hacia su Saab.
Siobhan llevaba dos días en Perthshire acompañando a Macrae para un reconocimiento de seguridad sobre el G-8.
