Macrae era muy amigo del subcomisario de Tayside y lo que menos deseaba era que su solícito amigo metiera la nariz en todo. La reunión de los líderes del G-8 se celebraría en el Hotel de Gleneagles, en las afueras de Auchterarder, aislado en la campiña y rodeado de un perímetro de vallas de seguridad. La prensa abundaba en artículos sobre el riesgo de amenazas y los tres mil marines estadounidenses preparados para desembarcar en Escocia y proteger a su presidente. Mencionaban una conjura anarquista para bloquear carreteras y puentes con camiones tomados en autostop. Bob Geldof quería que invadiera Edimburgo un millón de manifestantes que la gente alojaría en sus habitaciones de invitados, cocheras y jardines; se enviarían barcos a Francia para recoger manifestantes. Grupos con nombres como Ya Basta y el Black Bloc sembrarían el caos, y la People's Golfing Association pretendía romper el cordón de seguridad y jugar unos hoyos en el famoso campo de Gleneagles.

– Son dos días con el inspector jefe Macrae -dijo Siobhan-. ¿Qué regodeo ves tú?

Rebus abrió la portezuela del coche y se inclinó para poner la llave de contacto. Volvió a estirarse, dio una última calada al cigarrillo y tiró la colilla a la calzada. Siobhan decía algo sobre un equipo en el escenario del crimen.

– Un momento -le interrumpió Rebus-. ¿Cómo dices?

– Es igual. Tú ya tienes bastante sin esto.

– ¿Sin qué?

– ¿Te acuerdas de Cyril Colliar?

– A pesar de mi edad no he perdido la memoria.

– Ha sucedido algo muy extraño.

– ¿El qué?

– Creo que he encontrado la pieza que faltaba.

– ¿De qué?

– De la chaqueta.

– No lo entiendo -dijo Rebus, percatándose de que ya estaba sentado.

– Yo tampoco -replicó Siobhan con una risita nerviosa.

– ¿Dónde estás en este momento?

– En Auchterarder.

– ¿Y es ahí donde ha aparecido la chaqueta?



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