Capítulo 1

En la escalinata de la comisaría de policía de Great London Road, en Edimburgo, John Rebus encendió su último cigarrillo diario preceptivo antes de abrir la imponente puerta y entrar en el edificio.

Era una comisaría antigua, con suelo de mármol oscuro y un aire de grandeza venida a menos, de aristocracia marchita. Tenía carácter.

Rebus saludó con la mano al sargento de servicio que en aquel momento sustituía en el tablero anuncios viejos por otros nuevos y subió por la gran escalera curvada hacia su oficina. Campbell estaba a punto de macharse.

– Hola, John.

McGregor Campbell, sargento, como Rebus, se puso el abrigo y el sombrero.

– ¿Cómo está el patio, Mac? ¿Va a ser una noche movida? -preguntó Rebus mirando los avisos que había sobre la mesa.

– No lo sé, John, pero, desde luego, el día ha sido un verdadero desmadre. Tienes una carta del jefe.

– ¿Ah, sí? -inquirió Rebus, abstraído en otra carta que acababa de abrir.

– Sí, John. Agárrate fuerte. Creo que van a destinarte al caso de los secuestros. Que tengas suerte. Bueno, me voy al pub. Tengo ganas de ver el boxeo en la BBC y no quiero llegar tarde -dijo Campbell mirando su reloj-. Ah, bueno, tengo tiempo de sobra. ¿Qué sucede, John?

– ¿Quién trajo esto, Mac? -dijo Rebus agitando en el aire un sobre vacío.

– No tengo la menor idea, John. ¿De qué se trata?

– Es otra carta de un chalado.

– ¿Ah, sí? -dijo Campbell mirando por encima del hombro la nota mecanografiada-. Parece el mismo, ¿no?

– Muy listo, Mac, dado que es un mensaje idéntico.

– ¿Y el cordel?

– Aquí está también -contestó Rebus, y cogió un trocito de bramante de la mesa con un nudo en el centro.

– Qué cosa más rara -comentó Campbell mientras se dirigía a la salida-. Hasta mañana, John.

– De acuerdo, hasta mañana, Mac. -Rebus aguardó a que su colega estuviera en el pasillo-. ¡Oye, Mac!



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