
Campbell se asomó al quicio de la puerta.
– Dime.
– El combate lo ha ganado Maxwell -dijo Rebus sonriente.
– Eres un cabrón, Rebus -replicó Campbell.
Apretó los labios y se largó.
– Uno de la vieja escuela -dijo Rebus para sus adentros-. A ver, ¿qué posibles enemigos tengo?
Volvió a examinar la carta y después el sobre. Sólo llevaba escrito su nombre, mecanografiado con cierta irregularidad. Lo habrían entregado en destino, como la otra carta. Desde luego, era un asunto muy extraño.
Bajó a recepción y se acercó al mostrador.
– Jimmy.
– Sí, John.
– ¿Has visto esto? -preguntó, mostrando el sobre al sargento de guardia.
– ¿Eso? -A Rebus le pareció que, más que el ceño, el sargento frunció el rostro entero. Sólo cuarenta años de servicio podían causar algo semejante en un individuo; cuarenta años de preguntas, problemas y cruces a cuestas-. Lo habrán echado por debajo de la puerta, John. Lo encontré ahí, en el suelo -añadió señalando hacia la puerta-. ¿De qué se trata?
– Oh, no tiene importancia. Gracias, Jimmy.
Pero Rebus sabía que iba a pasarse toda la noche reconcomido por aquella nota recibida unos días después del primer mensaje anónimo. Miró los dos sobres que había sobre el escritorio, con caracteres escritos por una antigua máquina de escribir portátil. La letra S estaba un milímetro más alta que las otras; el papel era barato, sin marcas de agua, y el trozo de bramante con un nudo en medio había sido cortado con un cuchillo o unas tijeras. El mensaje mecanografiado era idéntico:
HAY PISTAS POR TODAS PARTES.
Muy bien; tal vez las hubiera. Era obra de algún chalado, una broma de mal gusto, pero ¿por qué se los enviaban a él? No tenía sentido. En ese momento sonó el teléfono.
– ¿El sargento Rebus?
– Al habla.
– Rebus, soy el inspector jefe Anderson. ¿Ha recibido mi nota?
