Anderson. Maldito Anderson. Sólo le faltaba eso. Un chiflado más.

– Sí, señor -contestó Rebus sujetando el auricular con la barbilla y desplegando la nota sobre la mesa.

– Bien. ¿Puede estar aquí dentro de veinte minutos? La reunión es en la sala de operaciones de Waverley Road.

– Muy bien, señor.

La línea se cortó mientras Rebus continuaba leyendo. Así que era cierto, una comunicación oficial. Le destinaban al caso de los secuestros. Dios mío, qué vida. Guardó en el bolsillo de la chaqueta las notas, los sobres y el bramante y, frustrado, echó una mirada a su alrededor. Maldita la gracia. Caso de fuerza mayor: tenía que estar antes de media hora en Waverley Road. ¿Cuándo iba a poder acabar todo lo que tenía pendiente? Le esperaban tres casos ante los tribunales y casi otra docena clamando al cielo porque les faltaba algún trámite, y después podría olvidarse de ellos. Sería estupendo liquidarlos todos; hacer limpieza. Cerró los ojos y volvió a abrirlos. Pero el montón de papeles seguía allí, mayor que nunca. No había nada que hacer. Era el cuento de nunca acabar. Apenas había cerrado un caso le caían otros dos. ¿Cómo se llamaba aquel ser? ¿La hidra? A eso tenía que enfrentarse: cada vez que cortaba una cabeza, caían unas cuantas más en su bandeja de entrada. Volver de vacaciones era un tormento.

Y ahora, además, le tocaba la roca de Sísifo.

Miró al techo.

– Por Dios bendito -musitó antes de salir camino del coche.

Capítulo 2

El Bar Sutherland era un local muy frecuentado por bebedores. Había dos máquinas de discos, pero nada de vídeo ni de máquinas tragaperras. El local tenía una decoración espartana, con un televisor que parpadeaba imágenes que saltaban. Allí, hasta finales de los años sesenta no habían entrado mujeres. El secreto bien guardado era, por lo visto, que servían la mejor pinta de cerveza de barril de Edimburgo. McGregor Campbell dio un sorbo a la jarra sin apartar la vista del televisor en la pared de detrás de la barra.



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