
– ¿Cómo va tu investigación sobre las drogas?
Jim Stevens se encogió de hombros.
– De momento no tengo nada que os pueda servir. Pero no lo he dejado, si te refieres a eso. No, lo que ocurre es que ese asunto es un avispero de cuidado; lo sigo con los ojos bien abiertos.
Se oyó la campanada para el último asalto del combate y dos cuerpos sudorosos y rendidos chocaron y se convirtieron en una masa de brazos y piernas.
– Mailer sigue teniendo ventaja -dijo Campbell con un ligero mal presentimiento.
No podía ser. Rebus no iba a hacerle eso a él. De pronto, Maxwell, el más pesado y lento de movimientos, recibió un golpe en la cara y se tambaleó retrocediendo. El bar rugió al unísono. Campbell miró su jarra. Maxwell yacía en la lona y el árbitro contaba. Se había acabado. Unos sensacionales últimos segundos de combate, según el locutor.
Jim Stevens tendió la mano abierta.
«Mataré a ese maldito Rebus. Dios mío, lo mato», pensó Campbell.
Más tarde, con las cervezas pagadas con el dinero de Campbell, Stevens le preguntó a propósito de Rebus.
– ¿Así que por fin voy a conocerlo? -inquirió.
– Tal vez sí, tal vez no. Él no es muy amigo de Anderson, así que a lo mejor lo deja relegado todo el día en algún despacho. Claro que John Rebus no es muy amigo de nadie.
– ¿No?
– Bah, no es que sea desagradable, pero es un hombre muy difícil.
Campbell, eludiendo la mirada inquisitiva del periodista, observó su corbata.
