La ceniza recién caída del cigarrillo era una simple capa sobre manchas más antiguas de huevo, grasa y alcohol. Los periodistas más desaliñados eran siempre los más listos, y Stevens lo era, todo lo que puede llegar a serlo alguien que lleva trabajando diez años seguidos en el mismo diario. Se comentaba que había rechazado empleos en diarios de Londres porque le gustaba vivir en Edimburgo y que lo que más le gustaba de su trabajo era la posibilidad de desvelar los aspectos más turbios de la ciudad, el delito, la corrupción, las bandas y las drogas. Campbell no conocía un detective mejor que él, y quizá por eso no les gustaba a los jefazos de la policía, que lo miraban con prevención; eso demostraba que trabajaba bien. Campbell advirtió que a Stevens le caía una salpicadura de cerveza en los pantalones.

– Ese Rebus -dijo Stevens, limpiándose la boca- es hermano del hipnotizador, ¿verdad?

– Debe de serlo. Yo no se lo he preguntado, pero no habrá muchos con ese apellido, ¿no crees?

– Eso mismo me digo yo -respondió Stevens, asintiendo con la cabeza como si confirmara algo muy importante.

– ¿Por qué?

– Por nada. ¿Y dices que no tiene muchos amigos?

– No he dicho eso exactamente. La verdad es que me da lástima. El pobre ya tiene problemas de sobra. Ahora ha empezado a recibir cartas anónimas.

– ¿Cartas anónimas?

Stevens quedó envuelto en humo unos instantes mientras daba caladas a otro cigarrillo. La neblina azulada del pub se interponía entre los dos interlocutores.

– No debería haberte dicho eso. Que no salga de aquí.

Stevens asintió con la cabeza.

– Por supuesto -dijo-. No era eso lo que me interesaba saber. De todos modos, eso que me acabas de decir no es algo frecuente, ¿verdad?

– No es muy frecuente. Y, desde luego, no suelen ser tan extrañas como las que él recibe. Bueno, quiero decir que no son insultantes ni nada así. Son… extrañas.

– Continúa. ¿Cómo de extrañas?



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