
– Ese Rebus -dijo Stevens, limpiándose la boca- es hermano del hipnotizador, ¿verdad?
– Debe de serlo. Yo no se lo he preguntado, pero no habrá muchos con ese apellido, ¿no crees?
– Eso mismo me digo yo -respondió Stevens, asintiendo con la cabeza como si confirmara algo muy importante.
– ¿Por qué?
– Por nada. ¿Y dices que no tiene muchos amigos?
– No he dicho eso exactamente. La verdad es que me da lástima. El pobre ya tiene problemas de sobra. Ahora ha empezado a recibir cartas anónimas.
– ¿Cartas anónimas?
Stevens quedó envuelto en humo unos instantes mientras daba caladas a otro cigarrillo. La neblina azulada del pub se interponía entre los dos interlocutores.
– No debería haberte dicho eso. Que no salga de aquí.
Stevens asintió con la cabeza.
– Por supuesto -dijo-. No era eso lo que me interesaba saber. De todos modos, eso que me acabas de decir no es algo frecuente, ¿verdad?
– No es muy frecuente. Y, desde luego, no suelen ser tan extrañas como las que él recibe. Bueno, quiero decir que no son insultantes ni nada así. Son… extrañas.
– Continúa. ¿Cómo de extrañas?
