
– Mañana, después de las autopsias, tendremos, naturalmente, más información para que puedan trabajar, pero de momento esto es lo que hay. Ahora les hablará el inspector jefe Anderson, quien les asignará las correspondientes tareas iniciales.
Rebus advirtió que Jack Morton cabeceaba y, si alguien no lo impedía, pronto se escucharían sus ronquidos. Esbozó una sonrisa que se le borró fulminantemente al oír una voz al fondo de la sala: la voz de Anderson, el objeto de sus comentarios inconvenientes. Sintió el malestar de la predestinación. Anderson dirigía el caso. Hizo el firme propósito de dejar de rezar; tal vez si dejaba de rezar, Dios, al darse por aludido, dejaría de ser tan cabrón con uno de sus escasos creyentes en este olvidado planeta.
– Gemmill y Hartley harán el puerta a puerta.
Bueno, a Dios gracias, se había librado de ésta. Sólo había algo peor que el puerta a puerta…
– Y para la búsqueda inicial en los archivos de Modus Operandi, los sargentos Morton y Rebus.
Precisamente eso.
«Gracias, Dios mío, muchas gracias. Eso es justamente lo que yo quería hacer esta tarde: leer los historiales de todos los malditos pervertidos y agresores sexuales de Escocia central-este. Realmente, debes detestarme. ¿Soy acaso una especie de Job? ¿Es eso?»
Pero no respondió ninguna voz etérea. No oyó ninguna voz, excepto la del satánico y quisquilloso Anderson, cuyos dedos pasaban páginas de la lista de relación de servicios; Anderson, de labios húmedos y gruesos, cuya esposa era una adúltera descarada y su hijo poeta ocasional, nada menos. Rebus masculló para sus adentros sucesivas maldiciones contra aquel superior mojigato y delgaducho. Le dio una patada a Morton en la pierna y éste, casi a punto de roncar, se despertó, irritado.
