– Oh, la mejor de las noticias, Jack, la mejor de las noticias. El jefe nos envía el siguiente mensaje fraterno: «¿Alguna pista en los archivos?». Eso es todo.

– ¿Hay respuesta, señor? -inquirió el agente.

Rebus hizo una pelota con la nota y la tiró en una papelera nueva de aluminio.

– Sí, hijo, sí que la hay -contestó Rebus-, pero dudo mucho que te apetezca decírsela.

Jack Morton se echó a reír, limpiándose la ceniza de la corbata.


* * *

Menuda noche. Jim Stevens se fue por fin a casa sin obtener nada de interés en la conversación que había iniciado con Mac Campbell cuatro horas antes. Le había comentado a Mac que no pensaba abandonar la investigación sobre el floreciente mercado de la droga en Edimburgo, y ésa era la pura verdad. Se estaba convirtiendo en una auténtica obsesión y, aunque su jefe le había asignado un caso de homicidio, él continuaría la investigación por su cuenta en los ratos libres; a solas, por la noche mientras las rotativas estaban en marcha, dedicaba su tiempo libre a indagar más y más en lugares cada vez más alejados de Edimburgo. Sabía que no andaba lejos de dar con un pez gordo, pero aún no estaba lo bastante cerca como para recurrir a las fuerzas de la ley y el orden. Quería tener la historia bien hilvanada antes de recurrir a la caballería.

También conocía el peligro. El terreno que pisaba podía hundirse de pronto bajo sus pies y acabar bajo algún muelle de Leith una oscura madrugada o aparecer atado y amordazado en el arcén de una autopista a las afueras de Perth. Bah, le daba igual. No era más que un pensamiento pasajero, producto del cansancio y de la necesidad de avivar sus emociones en aquel escenario cutre y gris de la droga en Edimburgo, un escenario de bloques de pisos en creciente expansión y bares que abrían fuera de horas, en vez de las rutilantes discotecas y lujosas residencias de la Ciudad Nueva.

Lo que más le disgustaba era que la gente que en última instancia movía los hilos fuese tan discreta y hermética, tan ajena al asunto.



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