– Qué tarea de mierda -comentó Rebus cogiendo la primera carpeta.

Estuvieron en silencio unos veinte minutos hojeando hechos y fantasías de violadores, exhibicionistas, pederastas, pedófilos y proxenetas. A Rebus le parecía sentir aquella porquería en la boca; era como si se viera implicado sin remisión, una y otra vez, como si otro yo acechara a espaldas de su conciencia cotidiana; su propio míster Hyde, como en la obra del edimburgués Robert Louis Stevenson. Se avergonzaba de sentir alguna que otra erección; seguro que a Jack Morton también le ocurría. Eran gajes del oficio, igual que el asco, el odio y la fascinación.

En torno a ellos, la comisaría vibraba al ritmo de la actividad nocturna. Agentes en mangas de camisa pasaban adrede por delante de la puerta del despacho que les habían asignado, alejado de todos los otros para que nadie interrumpiera sus reflexiones. Rebus hizo una pausa para pensar en lo bien que le vendría a su oficina en Great London Road disponer de parte de aquel mobiliario: un escritorio moderno (con buenas patas y cajones fáciles de abrir), archivadores (ídem) y una máquina dispensadora de agua allí mismo, en el pasillo. Incluso había moqueta, y no aquel linóleo color rojo hígado con peligrosas puntas levantadas. Aquél era un agradable entorno para localizar pervertidos y asesinos.

– ¿Qué es lo que estamos buscando exactamente, Jack?

Morton lanzó un resoplido, tiró en la mesa una carpeta marrón no muy gruesa, se encogió de hombros y encendió un cigarrillo.

– Porquerías -dijo cogiendo otra carpeta, sin que Rebus tuviera ocasión de saber si era o no una respuesta.

– ¿Sargento Rebus?

En la puerta había un joven agente uniformado, con acné en el cuello y recién afeitado.

– Diga.

– Un mensaje del jefe, señor -dijo mientras le entregaba a Rebus una hoja azul de bloc doblada.

– ¿Buenas noticias? -preguntó Morton.



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