– Hace calor aquí fuera también -dijo Chu-. El sargento de la patrulla me ha dicho que esperara hasta que usted saliera.

– Sí, lo siento. Veamos, lo que tenemos es que el hombre mayor que regentaba la licorería desde hace años está muerto detrás del mostrador. Le han disparado al menos tres veces en lo que parece un atraco. Su mujer, que no habla inglés, lo encontró al entrar en la tienda y llamó a su hijo, que avisó a la policía. Obviamente hemos de hablar con ella y por eso está usted aquí. También podríamos necesitar su ayuda con el hijo cuando llegue. Es todo lo que sé por el momento.

– ¿Y estamos seguros de que son chinos?

– Casi seguros. El sargento de la patrulla que hizo la llamada conocía a la víctima, el señor Li.

– ¿Sabe qué dialecto habla la señora Li?

Volvieron a dirigirse a la cinta.

– No. ¿Puede ser un problema?

– Conozco los cinco dialectos principales del chino y hablo bien en cantonés y mandarín. Ésos son los dos que más encontramos aquí en Los Ángeles.

Esta vez Bosch sostuvo la cinta para que Chu pasara por debajo.

– ¿Y usted cuál habla?

– Yo nací aquí, detective, pero mi familia es de Hong Kong y en casa se hablaba mandarín.

– ¿Sí? Yo tengo una hija que vive en Hong Kong con su madre. Está aprendiendo mandarín.

– Bien hecho. Espero que le sea útil.

Entraron en la tienda. Bosch dejó que Chu viera un momento el cadáver detrás del mostrador y enseguida lo acompañó a la parte trasera de la tienda. Ferras los recibió y utilizaron a Chu para que hiciera las presentaciones con la señora Li.

La reciente viuda parecía conmocionado. Bosch no vio ninguna señal de que hubiera vertido ni una sola lágrima por su marido hasta el momento. Daba la impresión de hallarse en un estado disociado que Bosch había visto antes. Su marido yacía muerto en la parte delantera de la tienda y ella se encontraba rodeada de desconocidos que hablaban un idioma diferente. Bosch supuso que estaba esperando a que llegara su hijo, y entonces caerían las lágrimas.



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