
– Espero noticias. -Gandle se dirigió de nuevo a su despacho.
Bosch cogió la americana del respaldo de su silla, se la puso y abrió el cajón de en medio de su escritorio. Cogió el cuaderno de cuero de su bolsillo de atrás y sustituyó el bloc de papel rayado por otro nuevo. Asesinato nuevo, bloc nuevo: era su rutina. Miró la placa de detective repujada en la tapa del cuaderno y volvió a guardárselo en el bolsillo de atrás. La verdad era que no le importaba qué clase de caso fuera; sólo quería uno. Como con cualquier otra cosa, si pierdes la práctica, pierdes la ventaja. Bosch no quería que le ocurriera eso.
Ferras se quedó con los brazos en jarras, mirando el reloj situado encima del tablón de anuncios.
– Mierda -dijo-. Otra vez.
– ¿Cómo que «otra vez»? -preguntó Bosch-. No hemos tenido un caso en un mes.
– Sí, pero ya me estaba acostumbrando.
– Bueno, si no quieres trabajar en Homicidios, seguro que encuentras un puesto de nueve a cinco en robos de coches, por ejemplo.
– Sí, claro.
– Pues vamos.
Bosch salió al pasillo y se encaminó a la puerta. Ferras lo siguió, sacando el teléfono para llamar a su mujer y darle la mala noticia. Antes de salir, los dos hombres levantaron el brazo y tocaron el hocico del jabalí para que les diera buena suerte.
2
Bosch no tuvo que sermonear a Ferras de camino a la zona sur de Los Ángeles, conocida como South LA. Conducir en silencio fue su sermón. Su joven compañero daba la impresión de marchitarse bajo la presión del silencio y finalmente se sinceró.
– Esto me está volviendo loco.
– ¿El qué?
– Los gemelos. Demasiado trabajo, demasiados llantos. Es un efecto dominó; uno se despierta y eso hace que el otro deje de dormir; entonces se despierta el mayor. Nadie puede pegar ojo y mi mujer está…
– ¿Qué?
– No lo sé, se está volviendo loca. Me llama a todas horas para preguntarme cuándo volveré a casa. Llego allí y entonces es mi turno de ocuparme de los niños, y no descanso. Es trabajo, niños, trabajo, niños, trabajo, niños, todos los días.
