
No obstante, Bosch se dio cuenta enseguida, ya que conocía la zona y la tienda a la que se dirigía, de que se trataba de un disturbio diferente y por una razón distinta.
Fortune Liquors ya estaba acordonada con la cinta amarilla de las escenas del crimen. Se había congregado un pequeño número de mirones, pero los homicidios en ese barrio no generaban mucha curiosidad. La gente de allí había visto otros antes, muchas veces. Bosch aparcó su sedán en medio de un grupo de tres coches patrulla. Después de sacar el portafolios del maletero, cerró el coche y se encaminó hacia la cinta.
Bosch y Ferras dieron sus nombres y números de identificación al agente de patrulla que se ocupaba del registro de asistentes a la escena del crimen y pasaron por debajo de la cinta. Al acercarse a la puerta de la tienda, Bosch metió la mano en el bolsillo derecho de su chaqueta y sacó un librito de fósforos viejo y gastado. En la cubierta decía FORTUNE LIQUORS y figuraba la dirección del pequeño edificio amarillo que tenía delante. Abrió el librito: sólo faltaba una cerilla y en la cara interna de la cubierta se leía un aforismo:«Dichoso aquel que halla solaz en sí mismo».
Bosch llevaba aquellas cerillas en el bolsillo desde hacía más de diez años, no tanto porque creyera que eso le daría buena fortuna, sino porque creía en lo que decía. Era por la cerilla que faltaba y por lo que le recordaba.
– Harry, ¿qué pasa? -preguntó Ferras.
Bosch se dio cuenta de que había hecho una pausa al acercarse a la tienda.
– Nada, que ya he estado aquí antes.
– ¿Cuándo? ¿En un caso?
