
Roncal no decía nada, y Jacobo, tampoco. Era como si los dos supieran que necesitaban la atención de sus cuatro ojos en un país inexplorado. O como si se acompañaran al médico el día en que a uno de ellos iban a darle el resultado de los análisis. Roncal marchaba bastante serio, sin mirar a ninguna parte, un poco marcial. Jacobo miraba a cualquier sitio y estaba nervioso. En realidad, se había puesto nervioso al salir del Pasaje de Peña, la última gran frontera de su zona de acción.
Conocía de sobra la ciudad vieja. No era eso. Conocía muy bien a su gente, había ido cientos de veces a sus cines y a sus bares. Santander no era tan grande como para no conocerla hasta el agotamiento tras diecisiete años de vida. No era eso. Era la sensación de estar atravesando más fronteras que las del Pasaje de Peña. Hasta ahora, había vivido en un mundo reducido y controlado. Y a partir de ahora tendría que vivir con algo que aún no conocía.
Subieron por un lateral del Ayuntamiento y luego cogieron la calle del Coliseum. El Santa Clara estaba poco después del cine, en una de las calles en cuesta. Al doblar la última esquina, vieron la verja, la escalinata de piedra y corros de estudiantes que parecían reírse sin grandes motivos y que esperaban que se abrieran las puertas.
El Santa Clara era el edificio que más podía parecerse a una catedral inglesa en todo Santander. Tenía un pórtico monumental con las puertas claveteadas de hierro, arcos ojivales, vidrieras y una presencia aplastante sobre el barrio de calles antiguas y de casas quemadas por la humedad y por el tiempo. Jacobo pensó que detrás de aquella fachada se podía celebrar un concilio o reunir un parlamento. Lo que le parecía difícil es que alguien se pusiera a dar clase de la misma manera en que daban clase en el Barrio Pesquero, entre bloques prefabricados y ventanas de aluminio.
