– Espérame aquí. No te muevas de aquí.

Y escuchó la voz de Fitu por detrás, que le decía:

– Quédate tranquilo. Te esperará aquí.

Fue corriendo hasta la casa de Roncal. Corriendo para algo más que para ir deprisa. Llamó a la puerta llenándola de golpes, y la cara de Roncal se asomó con aquel gesto suyo, de cogote pelado, de ojos grandes y negros, de saber qué estaba pasando.

– Tu padre siente la debilidad y sólo habla de eso. No dice nada, no está diciéndote nada a ti. Tú no tienes que escucharle, ni él tampoco se escucha a sí mismo. Siente que no tiene fuerzas, y eso es todo. Suele decirse, en una tempestad, que si escuchas los cantos de las sirenas acabarás tirándote al agua. Entonces es cuando te ahogas. Está mal, así que sólo hablará de eso. No hay que creerle.

Roncal le había obligado a sentarse en la cocina. Y luego había encendido un puro.

– Tu padre tiene más cosas que muchos que he conocido y que están orgullosos de tenerlo todo. Hay que saber escuchar, Jaco. O acabarás oyendo cualquier cosa.

Jacobo sentía frío y sentía más frío al pensar que tendría que ir a recoger a su padre. Le hubiera gustado quedarse con Roncal.

– Me gustaría acompañarte mañana al Instituto -dijo el cocinero.

Jacobo no dijo nada.

– ¿Vas a llevar los zapatos?

– ¿Los que me regalaste tú?

– Ésos.

– Pensaba llevar las zapatillas.

– Mañana no vayas con zapatillas, aunque haga calor. Prométemelo.

– Te lo prometo.

Y Jacobo sintió el calor que dan las promesas cuando se tiene a quien hacerlas.

3

Hacía resol. Jacobo llevaba los mocasines de color negro que le había prometido a Roncal. Y se puso calcetines blancos para acompañarlos. También llevaba a Roncal. El cocinero le llegaba por la nariz, pero desplazaba un volumen de aire muy superior. Atravesaron los doscientos metros oscuros del Pasaje de Peña y salieron al otro resol, al que rebotaba en los escaparates y en los miradores de la ciudad vieja.



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