– Me preocupa que los que estaban detrás se lo tragaran -dijo Jacobo-. Y además, ¿tú cómo lo sabes?

– El director también había sido ayudante de cocinero, aunque no te lo creas.

– Me cuentas estas cosas porque crees que me va a pasar algo.

– Te las cuento porque me están pasando a mí.

– A mí no me va a pasar nada.

– Ya lo sé. Por eso he querido venir contigo.

Las puertas claveteadas de hierro se abrieron, y Roncal se marchó sin haber dicho ni una palabra más. Jacobo entró y leyó en las vitrinas del vestíbulo que el curso de COU estaba en el segundo piso, aula 6.

Había una escalinata de piedra, iluminada por el arco iris de dos vidrieras que representaban un martirio y una pequeña vela en un mar demasiado azul y artificial. Jacobo estaba un poco impresionado por su soledad en aquel sitio. Cuando en junio fue a matricularse, no tuvo ninguna sensación y el edificio era el mismo. Había visto la fachada del Santa Clara cientos de veces, pero sólo ahora que estaba entrando en su mundo, sólo ahora que escuchaba el ruido fortificado de las puertas al cerrarse detrás de él, sintió que estaba allí, caminando hacia un gran estómago en penumbra.

El corredor del segundo piso tenía techos altísimos y dos ventanales en los extremos. El suelo de baldosas que dibujaban grandes pétalos granates brillaba en la oscuridad mientras el aire de los techos se cernía como un tejido opaco. Jacobo distinguió de pasada un corredor que daba sobre el patio. A pesar de la multitud que iba y venía, de los roces y de los atascos, se veía solo en aquel espacio desmedido y turbiamente iluminado. Las puertas del aula 6, altas, estrechas y con cristal esmerilado, estaban abiertas de par en par. Había un grupo numeroso haciendo corrillo en la pared del fondo y el resto se había distribuido ya por unos pupitres dobles, de madera oscura. Jacobo volvió a sentirse mirado y pensó en los zapatos de Roncal. Quizá hubiera sido mejor no hacerle caso. Se sentía más cómodo con sus zapatillas de lona azul.



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