Mientras buscaba algún pupitre solitario, alguien cerró las puertas y todos se sentaron en algún sitio. Él encontró uno libre en la fila del fondo.

Quien había entrado era una profesora con cara de alcatraz, madura y con gafas.

– Bueno, ya tenemos aquí a la recua de este año. A desasnar tocan -dijo con auténtico sentimiento y sin una especial ironía.

La mujer dejó un bloque de libros sobre su mesa y Jacobo se fijó en su mano izquierda, deforme y pequeña como una garrita, en un brazo más corto que el otro. Pensó que aquella mujer podía servir de gárgola en el edificio o de bruja medieval en la vidriera de la entrada.

– En fin, vamos a echarles un vistazo a esas caras y a ver qué nombre llevan. Otra cosa. Ya que soy vuestra tutora, y que tengo razones para ello, el sitio que habéis cogido es para todo el curso. Ya veremos qué os pasa con el sitio.

Abrió una carpeta con la mano enferma, usándola sin ningún complejo y sin ninguna dificultad.

– Acereda, Jacobo.

Jacobo tuvo la impresión de que su nombre rebotaba muchas veces en las paredes de su cabeza. De pronto, se dio cuenta de que no sabía qué responder.

En la Escuela del Barrio Pesquero siempre decían «aquí» o levantaban una mano sin decir nada. Pero ¿y en el Santa Clara? ¿Y entre aquella gente?

– Acereda, Jacobo -repitió el alcatraz-. ¿No está?

Jacobo se levantó muy bruscamente y el asiento de muelle se estrelló contra el respaldo, también de madera. Sonó como una detonación.

– Un servidor de usted -respondió, con la certeza de que nunca en su vida había utilizado aquellas palabras y con la certeza de que no las había aprendido en ninguna parte.

Se escucharon risitas y removimiento en los pupitres.



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