
Desde muy pequeño se había acostumbrado a ir a esperarle cuando Lupe, la mujer del cocinero del Gran Sol, iba a la escuela y le decía que estaban de regreso. Cuando era más pequeño, iba de la mano de Lupe y entretenían las noches en que había que esperar más de la cuenta limpiando caracoles de tierra, el plato preferido de Roncal, su hombre. No estaban casados, ni tuvieron hijos. Lupe decía que Roncal era alguien con el que podía entenderse la vida, que eso era lo máximo que uno podía tener, y sólo decía eso. Era una mujer delgada, quizá demasiado frágil, un poco monja, que tenía la vocación de esperar a Roncal, un tipo bajo, duro, con el cogote pelado, que salvó de un golpe de mar al padre de Jacobo durante el primer viaje. Lupe fue una especie de madre hasta que el muchacho cumplió once años. No tenía nada que hacer en su casa y se pasaba la vida en la buhardilla, haciéndole comidas y durmiendo con él en su cama. Ella le acompañaba a la escuela y le recogía y escuchaba lo que decían los profesores sobre Jacobo: es muy inteligente, pero no sabe esforzarse. Así que el consejo de Lupe mientras le peinaba o mientras se dormían era siempre el mismo. En esta vida todos tenemos algo que aprender y tú tienes que aprender el esfuerzo porque, gracias a Dios, lo demás ya lo tienes.
