
Jacobo nunca entendió esas palabras. Por un lado, porque para sacar buenas notas le bastaba con ir a clase y escuchar. Nunca leía libros o leía las solapas o leía un poco del principio y otro del final. Y sólo hacía los deberes cuando Lupe los hacía por él. Por otro lado, porque él jamás entendió la palabra «esfuerzo». ¿Qué se hacía con el esfuerzo? ¿Se iba a algún sitio desconocido? ¿Cambiaba uno? La gente trabajaba, comía, dormía, pero nunca había visto a nadie «aprendiendo el esfuerzo». Su padre era como era y siempre había sido así, lo mismo que Lupe y lo mismo que Roncal. ¿Es que ellos lo habían aprendido antes de que él los conociera? ¿O es que él tenía que aprender lo que ellos no habían aprendido? Demasiado incomprensible. Lupe murió poco después de que él empezara a quedarse solo en la buhardilla, a hacerse la comida, a lavarse la ropa y a tenerlo todo listo para cuando llegara su padre con aquel olor a gasoil que tardaba en irse el mismo tiempo que tardaba en volver su padre del viaje siguiente. Habían pasado cinco años y Jacobo se acordaba de ella todas las mañanas. De vez en cuando, decía su nombre en voz alta, como si la llamara, y se sentía mejor. No le dejaron verla. Murió en casa de Roncal y luego la llevaron al Tanatorio de Valdecilla. Él se quedó esperando a su padre y a Roncal en la puerta grande de la Plaza de Toros y notando en el aire un olor especial. Es el olor de la muerte, le dijo Roncal completamente sereno.
Cuando Jacobo se cansó de mirar el reflejo de las luces en la Bahía, se levantó del muelle y se fue paseando hacia el interior. Tenía hambre. En la calle grande había un par de restaurantes iluminados con turistas detrás de las cristaleras y las sardinas asándose en la entrada mientras los cocineros daban voces para llamar la atención. El campo de cemento también estaba iluminado. Dos equipos jugaban a fútbol cinco con una docena de mirones alrededor de la valla.