
– Muy educado. Sí, señor-contestó el alcatraz-. Pero ¿serías tan amable de no hacer tanto ruido la próxima vez?
– No he sido yo. Ha sido el sentajo -contestó Jacobo sin pensar en lo que decía.
La clase estalló en una carcajada y Jacobo, entonces sí, se fijó en todas las caras que le miraban.
– ¿Sentajo? -graznó el pájaro-. Veo que tenemos un vocabulario muy particular. Dios mío.
Miró las caras de una en una y no podía dejar de mirarlas aunque le hacía daño. Siguió de pie, mantenido no ya por sus piernas, sino por una columna de aire frío que le subía por dentro, más fuerte que su cuerpo gaseoso. Entonces giró un poco la cabeza, hacia su compañero de pupitre, y encontró unos ojos grandes y verdes, aguamarinos, completamente tranquilos, en un rostro blanco con labios hermosos que no se reían, con labios que ni tan siquiera sonreían.
Se quedó naufragando en esos ojos, se sumergió en ellos y se encontró nadando en una profundidad templada, de agua brillante y reposada.
Sólo pensó una cosa mientras se decía a sí mismo que le gustaría quedarse en aquellos ojos para siempre: jamás me acercaré a ellos, jamás sabrán nada de mí.
4
– ¿Cuántas botellas llevas esta vez?
Jacobo y su padre estaban atravesando la vía y caminaban hacia la Raya. El cielo se había ido limpiando a lo largo del día y la luz de las estrellas parecía nueva. El terral traía el salitre en el aire y esa noche hasta en los barrios altos de la ciudad dormirían envueltos en mar. El Gran Sol partía a las doce. Hasta el amanecer trazaría una curva sobre el Golfo de Vizcaya y a última hora de la tarde siguiente daría el través a los acantilados blancos de Dover. De madrugada estaría sobre la primera ruta preparado para la primera virada.
– Así que no vas a volver al Instituto -fue la contestación del padre.
Jacobo iba cargado con el petate, y su padre, encorvado y mirando al suelo, con las solapas del chaquetón levantadas aunque no hacía frío, le seguía un paso por detrás.
