Se dio cuenta de que el rollo de papel de la mesa necesitaba ser cambiado y dijo:

– Aparta un segundo.

Lo arrancó. Puso uno nuevo, lo sacudió y se lavó las manos de nuevo.

– Así que Tanya te ha llamado. La última vez que la vi fue apenas unos días después de la muerte de Patty. Necesitaba una mano para recoger los efectos personales de Patty, estaba con la burocracia del hospital, pero incluso después de ayudarla, me dio la impresión de que quería hablar de algo. Le pregunté si necesitaba algo más, me dijo que no. Luego, pasada una semana, me llamó por teléfono, me preguntó si aún ejercías o si trabajabas en exclusiva para la Policía. Le dije que por lo que sabía, siempre estabas disponible para antiguos pacientes. Me dio las gracias y de nuevo, tuve la impresión de que se contenía. No te dije nada por si ella no seguía adelante. Me alegro de que lo haya hecho. Pobre chiquilla.

– ¿Qué tipo de cáncer tuvo Patty? -pregunté.

– Pancreático. Para cuando se lo diagnosticaron, había afectado a todo el hígado. Un par de semanas antes, noté que tenía mal aspecto, pero Patty a medio gas rendía más que la mayoría de gente a toda máquina.

Rick parpadeó.

– Cuando vi que estaba ictérica, le insistí para que se lo examinara. Tres semanas más tarde nos abandonó.

– Hay criminales de guerra nazis que llegan hasta los noventa y ella muere. -Se masajeaba una mano con la otra-. Siempre imaginé a Patty como una de esas intrépidas mujeres colonizadoras que pueden cazar un visón o cualquier otra cosa, despellejarlo, carnearlo, cocinarlo y convertir los despojos en algo útil.

Se estiró uno de los párpados.

– Todos estos años trabajando con ella y no pude hacer nada para cambiar el final. Le conseguí la mejor oncóloga que conozco y me aseguré de que Joe Michelle, nuestro anestesista jefe, tratara personalmente el dolor.



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