– ¿Pasaste mucho tiempo con ella al final?

– No tanto como hubiera debido -dijo-, pasaba de vez en cuando, tuvimos alguna pequeña conversación y me echó. Se lo reproché para asegurarme de que de verdad quería que me fuera. Quería.

Se tiró del bigote.

– Durante todos estos años fue mi enfermera, pero aparte de algún café de forma ocasional en esta cafetería, nunca tuvimos mucho trato, Alex. Cuando entré, era uno de esos que solo pensaban en el trabajo, nada de bromas. Mis empleados se las arreglaron para hacerme ver que mis formas eran un error y amplié mi vida social. Celebración de fiestas, una lista con el cumpleaños de cada persona para asegurarme de que hubiera siempre pasteles o flores, todo este tipo de cosas para subir la moral del personal. -Sonrió-. Un año, en la fiesta de Navidad, el chicarrón aceptó ser Santa Claus.

– Vaya imagen.

– «Ho, ho, ho», refunfuñaba. Gracias a Dios no había niños que se sentaran en su regazo. Lo que quiero decir, Alex, es que Patty no estaba ni en esa fiesta ni en ninguna otra. Siempre se iba directa a casa cuando acababa su turno de trabajo. Cuando intentaba convencerla de algo diferente, solo conseguía un «Te quiero, Richard, pero me necesitan en casa».

– ¿La responsabilidad de una madre soltera?

– Eso creo. Tanya era la única persona a la que Patty permitía estar en su habitación en el hospital. Los adolescentes parecen más dulces. Estaba en el curso de preparación para empezar Medicina, pensaba en psiquiatría o neurología. Puede que le causaras buena impresión.

Se levantó, extendió los brazos sobre la cabeza. Se volvió a sentar.

– Alex, la pobre chiquilla no tiene ni veinte años y ya está sola. -Cogió el café, miró dentro de la taza, no bebió-. ¿Hay alguna razón por la que te hayas molestado en venir hasta aquí?

– Pensaba que a lo mejor había algo sobre Patty que debiera saber.

– Cayó enferma, murió, es un asco -dijo-. ¿Por qué me da la impresión de que esto no es lo que andas buscando?



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