
– ¿Para conseguir qué?
– Me gustaría saber algo más sobre cómo vives y a quién tienes para que te apoye.
– Mi vida no ha cambiado. El dúplex está completamente pagado y los inquilinos del piso de abajo son una familia muy amable, los Friedman. Su renta cubre los gastos y algunos extras. Están en Israel porque el doctor Friedman se ha tomado un año sabático, pero me adelantaron el alquiler de un año y tienen previsto volver. El seguro de mi madre y las inversiones cubrirán mis gastos hasta que acabe la universidad. Si acabara ingresando en alguna universidad privada, puede que tuviera que pedir un préstamo, pero los médicos se las arreglan, lo pagaré. Mis amigos de la escuela me apoyan, tenemos un grupo, todos nos preparamos para estudiar medicina, son muy majos y me entienden.
– Suena bien -le dije-, pero me sentiría mejor si estuvieras dispuesta a volver.
– Vendré, lo prometo, doctor Delaware. En cuanto acaben los exámenes. -Sonrió-. No se preocupe, no he recaído en ninguno de mis antiguos problemas. Le agradezco su atención. Mi madre siempre decía que para usted era algo más que puro trabajo. Me dijo que le observara, para aprender lo que significa cuidar de un paciente.
– ¿Cuántos años tenías cuando te dijo aquello?
– Eso era por… justo antes de cuando vine a verle por segunda vez, nos acabábamos de mudar a Culver, así que… diez.
– A los diez años, ¿ya sabías que querías ser médico?
– Siempre he querido ser médico.
Mientras bajábamos las escaleras, me preguntó:
– ¿Cree usted en el Más Allá?
– Es un concepto reconfortante.
– ¿Quiere decir que no cree?
– Depende del día en que me preguntes.
Imágenes de mis padres pasaron rápidamente por mi mente. Mi padre, con la nariz roja, en el bar del Cielo. ¿Había procedimientos celestiales para un comportamiento impredecible? Puede que al final mi madre pueda ser feliz, acurrucada en una réplica celestial del Club de bridge.
