Ni palabra del porqué iban a Juneau, de si conocían alguien allí o si Liddie estaba limpia. Ninguna indirecta sobre quién era el padre. Patty se preguntaba si Lydia lo sabría.

Patty no era una de esas personas a las que le gustan los niños y se le puso un nudo en la garganta cuando vio a la pequeña agarrando la mano de Liddie. Esperaba encontrar una mocosa salvaje, dadas las circunstancias. Su sobrina resultó ser dulce y silenciosa, con un bonito pelo ralo de un color entre blanco y rubio, unos ojos verdes llenos de curiosidad como los que podría tener una mujer de mediana edad y unas manos que no paraban.

«Nos hemos dejado caer», se convirtió en una estancia de diez días. Patty acabó por pensar que Tanya era un encanto y no una molestia, pasando por alto la peste a pañales sucios.

Tan inesperada fue su llegada como el anuncio de Liddie referente a su partida.

Patty se sintió aliviada, pero también disgustada.

– Lo has hecho bien, Lid, es realmente toda una señorita.

De pie en el umbral de la puerta, mirando cómo Lydia tiraba de la niña con una mano y arrastraba una maltrecha maleta con la otra. Un taxi amarillo esperaba con el motor en marcha en la acera, escupiendo humo tóxico. El ruido aumentó en la parte baja del bulevar. Al otro lado de la calle, un vagabundo paseaba arrastrando los pies.

Lydia se apartó el pelo y sonrió. Su preciosa sonrisa de antaño estaba desfigurada por dos dientes frontales a los que les faltaba un trozo bastante grande.

– ¿Una señorita? ¿Quieres decir que no es como yo? Pat.

– Oye, para. Tómatelo como lo que ha sido -respondió Patty.

– Eh. Soy una guarra y me enorgullezco de ello -dijo Lydia golpeándose el pecho y contorneando el culo. Soltó una carcajada tan alta que incluso el taxista giró la cabeza.

Tanya apenas tenía dos años, pero debía saber que la reacción de su mamá estaba siendo poco apropiada porque hizo una mueca.



3 из 359