Vio el cielo negro, no había nadie allí fuera… ah, sí, allí estaba. Cuando se dio cuenta de lo que Lydia había hecho, se quedó allí de pie, demasiado atónita como para echarle las culpas a alguien.

Lydia Bigelow Nardulli Soames Biefenbach era la hermana pequeña de Patty, pero había vivido mucho más a sus treinta y cinco años de lo que esta quería pensar.

Años de marginación, de camarera, de correr por el mundo siguiendo a tal o cual cantante o en el asiento de atrás de una Harley. Las Vegas, Miami, San Antonio, Fresno, México, Nuevo México, Wyoming, Montana. Sin tiempo para postales o para alguna llamada a su hermana, la única vez en que Patty tenía noticias de Liddie, había dinero de por medio.

Lydia fue rápida en hacerle saber que los arrestos solo eran tonterías de mierda, nada serio. Era su respuesta al silencio de Patty, cuando la llamaba para que fuera a buscarla al calabozo de algún pueblo en medio del campo y le sonsacaba el dinero de la fianza.

Siempre se lo devolvía, Patty se lo agradecía. Y otra vez la misma canción, seis meses más tarde y hasta el día de hoy.

Liddie podía ser eficiente cuando quería, pero no en lo relativo a los hombres. Antes, durante y después de los tres estúpidos matrimonios que tuvo, desfilaron una serie inacabable de perdedores de mirada vacía, dedos con uñas sucias, tatuados y con pirsin, a los que Liddie insistía en llamar «caris».

Todos estos imbéciles alrededor y milagrosamente sólo una criatura.

Hace tres años, Lydia pasó veintitrés horas empujando hacia fuera a su bebé, sola en algún hospital osteopático en las afueras de Missoula. Tanya Marie, dos kilos y cuatrocientos cuarenta gramos. Lydia le envió a Patty una foto de un bebé y Patty le envió dinero. La mayoría de recién nacidos están rojos y parecen monitos, pero este parecía muy guapetón. Dos años después, Lydia y Tanya aparecieron en la puerta de la casa de Patty, dejándose caer de camino a Alaska.



2 из 359